Ganas de decir que te quiero en lugares públicos
Vamos a pasar de las metáforas. Tengo ganas de decir que te quiero en un lugar público.
No hace falta que te lo diga a ti, directamente, ya estás cansada de oírlo.
Quiero decírselo, quizá,
a la más tímida de tus amigas mientras tú te levantas para ir al baño,
que ni siquiera te des la vuelta para ver sus labios abiertos en o,
y que simplemente al mirarte en el espejo de después,
de después de después,
descubras que he recorrido la distancia de la mesa hasta el desorden de tus mejillas.
Quizá se lo cuente al farmacéutico cuando,
impaciente,
esperas en el coche pintándote los labios para disimular
que él mire por encima de mi hombro y luego por debajo de mi brazo
y luego cierre
para venirse corriendo detrás de nosotros con su cargamento de pastillas para la tos
de después de después y
sus antigripales y una pancarta
que diga que te quiero, fabricada, como hacen los secuestradores malos,
con los recortes de los titulares del Hola que roba en el kiosko de al lado.
Quiero gritarlo en la biblioteca, y que los tímpanos
de los ratones librescos y las bibliotecarias,
acostumbrados al silencio de las páginas,
no puedan librarse en lo que queda de vida del mismo zumbido que queda interceptando
las ondas de radio después de una explosión nuclear,
que – te – quiero, coño, dos megatones y un poco más.
Quiero contárselo a tus padres mientras vas a por el café y todos nos sentamos
con las rodillas juntas;
quiero decírselo a tu maestra de cuarto al oído, después de cruzárnosla
por la calle principal,
quiero que lo sepa tu abuela de mi boca en medio de la batallita de cómo
conoció a tu abuelo.
Que todos ellos me abofeteen porque eres tan joven y yo tan viejo,
por la cantidad de veces que imaginan que le he echado el cerrojo a tus noches
y luego,
des-pués,
lo he reventado
que todos ellos me echen y entonces decírtelo desde la calle siempre y cuando
tu padre no tenga buena puntería desde la ventana,
que vengan la policía y los bomberos y contárselo también
mientras escuchamos divertidos los disparos de tu padre
y por encima de ellos con el megáfono y la sirena
se entere hasta el alcalde
mientras me llevan preso
por alteración del orden púbico
e inducción a la revolución en tiempos de paz.
No hace falta que te lo diga a ti, directamente, ya estás cansada de oírlo.
Quiero decirlo en un lugar público.
Te quiero.
No hace falta que te lo diga a ti, directamente, ya estás cansada de oírlo.
Quiero decírselo, quizá,
a la más tímida de tus amigas mientras tú te levantas para ir al baño,
que ni siquiera te des la vuelta para ver sus labios abiertos en o,
y que simplemente al mirarte en el espejo de después,
de después de después,
descubras que he recorrido la distancia de la mesa hasta el desorden de tus mejillas.
Quizá se lo cuente al farmacéutico cuando,
impaciente,
esperas en el coche pintándote los labios para disimular
que él mire por encima de mi hombro y luego por debajo de mi brazo
y luego cierre
para venirse corriendo detrás de nosotros con su cargamento de pastillas para la tos
de después de después y
sus antigripales y una pancarta
que diga que te quiero, fabricada, como hacen los secuestradores malos,
con los recortes de los titulares del Hola que roba en el kiosko de al lado.
Quiero gritarlo en la biblioteca, y que los tímpanos
de los ratones librescos y las bibliotecarias,
acostumbrados al silencio de las páginas,
no puedan librarse en lo que queda de vida del mismo zumbido que queda interceptando
las ondas de radio después de una explosión nuclear,
que – te – quiero, coño, dos megatones y un poco más.
Quiero contárselo a tus padres mientras vas a por el café y todos nos sentamos
con las rodillas juntas;
quiero decírselo a tu maestra de cuarto al oído, después de cruzárnosla
por la calle principal,
quiero que lo sepa tu abuela de mi boca en medio de la batallita de cómo
conoció a tu abuelo.
Que todos ellos me abofeteen porque eres tan joven y yo tan viejo,
por la cantidad de veces que imaginan que le he echado el cerrojo a tus noches
y luego,
des-pués,
lo he reventado
que todos ellos me echen y entonces decírtelo desde la calle siempre y cuando
tu padre no tenga buena puntería desde la ventana,
que vengan la policía y los bomberos y contárselo también
mientras escuchamos divertidos los disparos de tu padre
y por encima de ellos con el megáfono y la sirena
se entere hasta el alcalde
mientras me llevan preso
por alteración del orden púbico
e inducción a la revolución en tiempos de paz.
No hace falta que te lo diga a ti, directamente, ya estás cansada de oírlo.
Quiero decirlo en un lugar público.
Te quiero.
Comentarios
Un beso
Saludos.
...
sin palabras...
saludos!
:)
Ojalá, ojalá todo el mundo dijera Te quiero, así, sin miedos...
Precioso el texto, sé que me repito en los comentarios, pero no me voy a cansar de decirte que me gusta mucho como escribes...
Saluditos
besos
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Es maravilloso!!!!!!!!!
Un beso
¡Precioso!